martes, 26 de febrero de 2019

La última vez

A veces releo conversaciones viejas con vos así me acuerdo por qué ya no funcionaba. A veces creo que nunca funcionó realmente pero te quería tanto, y tanto quería que funcionara con vos qué me convencí que si teníamos sentido.
Tal vez es la fuerza de la retrospectiva o que hoy te extraño más que otros días. Puede que sea que hoy me duele ese pasado que se fue, el presente que no tuve ni el futuro que esperaba ver llegar al lado tuyo. No lo sé.
Lo que si se es que es probable que está sea la última vez que te escriba. Ya no quiero extrañarte más. Ya no quiero encontrarte entre sueños y que el cuerpo me arda cuando no te encuentre al lado mío nunca más. Quiero poder volver a dormir tranquila sin que me desvele saber que no volveremos a amanecer juntos.
Quiero que ya no me duela entender que está es la vida que elegiste y por consecuencia la que me toca aceptar.
Ojalá mañana ya no me duelas de esta forma, y ojalá la vida te encuentre feliz y dónde quieras estar. Ojalá me recuerdes y ojalá sea con una sonrisa. Por mi parte guardo un recuerdo tan feliz que a veces se me materializa brotándome los ojos y otras te abrazo en la distancia, en todas esas veces que me aferre a vos esperando no tener que soltarte nunca, pero que sabemos los humanos de eternidad si solo somos en instantes.

jueves, 21 de febrero de 2019

#23: II Infierno

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Les dejo la primera parte de infierno, espero que les guste.




II
Infierno
¿Te acordás cuando eras feliz? Yo sí. Me acuerdo que a veces entre carcajadas nos mirábamos y sonrías, y si eso no fue felicidad alguna vez, estoy segura que estuviste muy cerca.

La vida que no fue
Dicen que aparte de nuestra realidad existen otras tantas ocurriendo en simultaneo, en las cuales la vida ha sido muy distinta, pero ha sido para que esta pueda ser. A veces pienso en esa vida que no fue, y que me hubiera gustado tener. En esas cosas que me marcaron y que en gran parte me convirtieron en quién soy, y que han hecho que la transición a la adultez a veces sea tan dura.
Cuando tenía trece años lo conocí a Juan. Fue en el club en el que entrenaba y me acuerdo que en cuanto lo ví, me gustó. Juan tenía 18.
 Venía al club de suplente porque nuestra profesora, Laura, se había roto la nariz. En cuanto lo ví me gustó. Hoy a la distancia entiendo que fue algo así como mi entrada a la adolescencia, si bien es verdad y también probable que nos gusten personas cuando somos más chicos, también es verdad que la adolescencia se acentúa todo. Creo que el hecho de que él me gustara fue de las primeras cosas que sentí con la intensidad abrasadora de la adolescencia. Juan habría pasado sin penas ni glorias por mi vida, probablemente años después lo recordaría como "el chico que me había gustado a los trece", y cuando la suplencia hubiera terminado no sabría nunca más nada de él, o no, o tal vez con los años ibamos a crecer y volvernos amigos o ibamos a crecer en direcciones opuestas y me preguntaría como me pudo haber gustado. Pudieron haber pasado muchísimas cosas, ojalá hubieran pasado. Ojalá yo nunca más hubiera sabido de él porque simplemente la vida siguió su curso.
El 15 de septiembre de 2008 yo todavía me preocupaba por la competencia del día de la primavera en el colegio y que lo más importante era que nuestro curso ganara. Yo todavía tenía más miedo a llevarme Geografía y ser la primera de mi familia en llevarse una materia, todavía me importaba más encajar con mis compañeros y dejar de sentirme un bicho raro, que cualquier otra cosa.
Me acuerdo que lo sentí en el cuerpo. Que sentí como un ruido sordo en el fondo de mi cabeza y todo mi ser sabía que algo no andaba bien. Me acuerdo que anduve un poco perdida todo el día y que ya no me preocupo saber que tenía geografía en Diciembre. Todavía me acuerdo como ese 16 de septiembre mi mamá me llamó a su habitación y me dijo que teníamos que hablar y un miedo helado me trepó por las piernas que no sabía bien de donde venía.
_falleció Juan- dijo. La miré un largo instante.
_Qué Juan?
Todo se volvió oscuro.
Puedo repetir de memoria esa conversación, y cómo me costó entender de quién hablaba mi mamá. También me acuerdo como sentí una oscuridad devoradora salir del fondo de mi misma y absorberme en un instante. Desaparecí dentro de mí.
De los meses que quedaron de ese año, no recuerdo mucho, solo esos momentos en los que todo me dolió tanto que me hizo recordar estar viva. Que el cuerpo me ardió y me hizo volver, como esa vez en la que me quemó el pecho y el aire no me entraba por los pulmones. Le dije como pude a la Lili, la profesora de matemática, que no podía respirar. Llamaron a emergencias. Tuvieron que darme oxígeno y me mandaron a casa. Esa tarde, dormí hasta que volvió a ser de noche y una vez más me hundí en mi misma.
En algún momento en esos meses que no recuerdo haber vivido empecé a refugiarme en los cubículos de los baños del colegio. A concentrarme para poder respirar, agarrarme con fuerza a mis costillas para no perderme tanto adentro mío.
Transité en ese estado aproximadamente dos años. El día que mi cabeza me escupió de vuelta a la realidad fue del orden de lo violento. No podía parar de llorar, ni calmarme. Estaba en ese mismo baño del primer piso que se había convertido en mi refugio. Una de mis compañeras me abrazaba tratando de hacerme entrar en razón. Lo que ella no sabía, ni yo era capaz de explicar era que había vuelto.
 Había estado casi dos años inmersa en mi misma, registrando lo menos posible de lo que ocurría a mí alrededor porque no podía vivir ni tolerar ese nivel de realidad. No podía entender como la muerte toca la puerta tan pronto cuando a los 18 años se supone que te queda tanto por vivir, que nadie debía morir joven. No podía hacerme a la idea de que con trece años tuviera que entender eso.
Aunque no podía, ni quería entenderlo, estaba de vuelta en este lado del universo, y de la misma forma que los bebés lloran cuando llegan al mundo llenando de aire sus pulmones por primera vez, yo estaba de vuelta tratando de respirar.
No sé cuánto tiempo estuvimos ahí sentadas en el piso del baño mientras lloré hasta gastarme y no me quedó nada dentro del cuerpo.
Hay días que creo que fue eterno, como los días o los meses. Otras que fueron solo unos minutos, pero el dolor me desgarró el alma volviendo eterno el instante para poder traerme de vuelta.

viernes, 25 de enero de 2019

Lo que no es el amor

Segunda parte de  #23: Las cosas sin nombre (para leer la primera parte hacers click acá)


    
    Lo que no es el amor
Uno configura su vida entera desde la imitación. Empezamos sin darnos cuenta de muy chiquitos. Aristóteles lo dijo, somos seres miméticos, y el aprendizaje se da por como imitamos conductas.
Hay ciertas cosas que vamos a imitar en tiempo real y otras con cierto desfasaje cuando el momento llegue, pero sin importar cuando lo pongamos en práctica ese saber aprendido se articula con otros que se aprendieron en conjunto y así todo lo que sabemos se configura de cierta forma creando una coherencia. Algo así como el sistema de signos lingüísticos  que propuso Saussure en su momento, y como todo sistema la correlación entre cada parte hace que le de sentido un “saber” a otro. Cuando un saber se corre de su definición original y vuelve a configurarse pone en crisis a todo el sistema en sí, provocando por consecuencia que todos los elementos pertenecientes a dicho sistema tengan que correrse y volver a configurarse en función de esa nueva disposición.
No estoy segura cómo fue que yo configuré una definición del amor tan retorcida. Tal vez no fue algo que aprendí por imitación pero si por consecuencia de otras cosas que coartaron ese saber imitado que alguna vez habitó en mí. O tal vez tenía que ver con que en algún momento mientras crecía y transitaba una adolescencia complicada, llena de interrogantes atravesados por un temor a la muerte inminente, que sentía que me esperaba todo el tiempo a la vuelta de la esquina. En algún momento, entre toda esa maraña que me comía la cabeza, empecé a sentir y a entender (erróneamente o no) que para las personas que tenía a mi alrededor no importaba yo como persona, que carecía de valor como tal.  No podría precisar si fue antes o después de las palpitaciones y la incapacidad de respirar, de sentir que quería salir de mi propio cuerpo. Puede que haya sido que tanto la ansiedad como un autoestima que iba en picada a dársela contra el suelo estuvieran conectados y que uno retroalimentaba al otro y se generó como una especie de círculo vicioso en el que nunca fui consiente en el que había caído. De una forma u otra, llegué a los dieciocho años con la terriblemente desacertada idea que mi carencia de valor como ser humano se extendía al nivel en el que tampoco podía decidir sobre mi propio cuerpo. Eso significó que no importaba que quería hacer yo o no con mi cuerpo, ni que cosas me daban miedo o no me sentía lista para hacer, si había un tercero que decidía qué quería no me quedaba más que hacer porque él otro era más importante.
Tardé cinco años en poder contarle a mi familia realmente qué había pasado con mi primer ex novio. Lo peor no es que tardé cinco años en contarlo, tardé cinco años en poder entender que mi cuerpo era mío y que si yo había dicho que no alcanzaba y sobraba para que tantas cosas no tuvieran que haber pasado, y que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.
Tardé casi diez años en poder ponerle nombre a la ansiedad, después de padecerla enormemente. Tarde cinco en entender que proceder contra la voluntad de una persona, (incluso si era yo misma que pensaba y sentía que no valía ni servía para nada), que sacarle la ropa, tocarla, obligarla a que te toque, penetrarla, se llama violación, y que no tenía por qué seguir justificándolo a él.
Aunque admitirlo me termina haciendo llorar mucho y  siento como el pecho me quema, ya no me asfixia esconder las cosas que pasaron debajo de la alfombra, en placares o dónde pudiera.
Varios meses después de haberle contado esto a mi familia, fui a capaz de contárselo a la psicóloga. Ese día me dijo que iba a necesitar ir otra vez más esa semana. Cuando le conté a mi mamá no entendía porqué tenía qué hacerlo
_pero vos no lo querías a él?
_No mamá, le tenía miedo.
Ahí donde nos olvidamos de cuánto valemos, cuando creemos que el amor es un tipo de encadenamiento torcido, yo creía que quería a alguien porque pensaba que no podía vivir sin él. Lo pensaba, porque el miedo me tenía agarrada de los pies y me trepaba por el cuerpo. Me asfixiaba. Yo tenía miedo de dejarlo, porque amenazaba con quitarse la vida, porque también decía que nadie me iba a querer como él me quería. Pero sobretodo yo estaba en una desigualdad de poder en la que mi carencia de autoestima me condenó a depender de la adulación constante de un tercero, porque en esa adulación tapaba de ratos el hecho de no poder convivir conmigo misma y me convenció de qué sin eso no iba a poder seguir, porque no había ni existía nada que me pudiera hacer feliz si no era con y cómo él me quería.
Por suerte, tenía razón. Nunca más nadie me quiso cómo él. Con una mente envenenada y un espíritu enfermo.

domingo, 20 de enero de 2019

Las cosas sin nombre


I

Las cosas sin nombre

Definirse es limitarse. Cuando uno se define establece ciertos parámetros. Cuando no lo hace es una masa amorfa, que es todo y nada a la vez.  Para poder definirse hay que saber dónde residen los límites de uno, y yo no tenía ni idea dónde eso quedaba.

No sé bien cuando empezó. A penas tengo algunos vagos recuerdos de lo que fue la adolescencia. Tengo la fuerte sospecha que fue alrededor de los trece años pero no podría precisarlo con exactitud. Los pocos recuerdos que tengo son precisamente los momentos en los que el resto de las cosas se desvanecían un poco.
Recuerdo bien esos momentos en los que pedía en el colegio para salir al baño y me encerraba en el cubículo, respiraba hondo y trataba de no llorar. Al principio eran pequeños, y me tranquilizaba con leer lo que había sido escrito por otros en las puertas de esos baños.
Recuerdo la vez que corriendo entré al último baño del primer piso, y busqué desesperada todas las inscripciones. Ya no estaban. Habían pintado las puertas, y mi cable a tierra había sido cortado. Me tembló el cuerpo. Sabía que no tenía más que unos pocos minutos antes de que alguien viniera a buscarme y tener que explicar que no podía respirar, que un cubículo me resultaba enorme y solo quería salir corriendo.
En esos momentos solo me podía obligar a calmarme , y ahogaba las ganas de llorar, los nervios, los temblores. Acá no se puede estar mal. Volvía al aula  y me pintaba de risas, y hacía siempre alguna pavada distinta. Adentro del aula me vestía de payaso y ahí estaba tratando de hacer reír a los demás. Era un curso difícil, y la mayoría del tiempo me quería ir de ahí.
En casa las cosas no eran muy distintas, también me quería ir. A veces hablaba de lo mal que la pasaba, pero nunca les parecía suficiente a mis padres para cambiarme de colegio.
Así que simplemente aprendí a vivir con eso que no me dejaba vivir. Cuando las luces de mi casa se apagaban, y estaba todo en silencio, el cuerpo se me contraría y no podía parar de llorar. Nunca pude precisar exactamente qué me dolía tanto, pero si sé que me aplastaba, si sé que no podía  parar  y también que no podía dormir. El sueño llegaba recién cuando el cuerpo se cansaba  de llorar y a mi cabeza no le quedaba más energía para nada porque la oscuridad que vivía conmigo me había consumido.
Durante algunos años fueron más intensos que otros, y de esos momentos intensos, esos años en los que esa oscuridad que me aplastó, se hizo fuerte solo recuerdo aquellos momentos hundida en ella.  Creo que nunca pude ponerle nombre, principalmente porque lo naturalicé a un nivel que creía que todos sufrimos de alguna forma en esta vida.  A mí me había tocado entender de muy chica lo fugaz de la vida humana, a otros, otras cosas.  No sé muy bien cómo fue que lo naturalicé, tal vez fue por esas veces en las que llorando le plantee a mi mamá lo sola que me sentía en casa y ella respondió que era una desagradecida porque ella y mi papá se la pasaban trabajando para que ni a mí, ni a mis hermanos nos falte nada, y yo no entendí que relación lógica había entre sentirse solo y ser un desagradecido. O la vez que intenté contarle a mi mamá que un amigo mío me había sacado la ropa sin mi consentimiento y aunque le dije que no y que tenía miedo de todas formas me penetro, y ella respondió que la sexualidad a veces es difícil. Tal vez es que ella nunca pudo concentrarse en algo que no sea ella misma por más de dos minutos, o que yo no fui capaz de encontrar la forma de contar todo lo que me pasaba o tal vez es probable que haya sido un lugar en el medio de todo eso. Donde los hijos no sabemos cómo hablar del dolor terrible que nos come de a poco y de a mucho y los padres que no saben o no pueden escuchar algunas cosas tan difíciles.
Yo se que no fui la adolescente “tipo”, nunca fui muy convencional que digamos, pero tampoco la vida me permitió serlo. 
Entendí que significaba morirse cuando tenía trece años, y Juan nunca volvió al club, y tampoco volví a escucharlo reírse. Tuve que aprender a los dieciséis que hay gente que va a decidir sobre tu vida de una forma tan violenta que puede llegar  arrancártela, y Dani esa Navidad no volvió a su casa. A los diecinueve aprendí que es tan delgada la línea que divide entre prolongar la vida y posponer la muerte cuando quise tanto a Santi que preferí que el cáncer se lo lleve antes de que siga sufriendo cómo lo hacía, y que el amor nunca tiene que ser egoísta en ninguna de sus formas.
Yo no había tenido tiempo de ocuparme por esas cosas típicas de la adolescencia porque estaba demasiado abrumada por tanta realidad, y por si fuera poco mi prima había intentado en reiteradas ocasiones separarse del mundo de los vivos. Cada vez que el teléfono sonaba y mi tía del otro lado lloraba y contaba otra vez la misma secuencia, yo me enojaba. No entendía como mi prima “nos estaba haciendo eso”. Un día, no hace mucho, comprendí que mi prima, al igual que yo estaba enferma de realidad, pero ella había llegado a un nivel de toxicidad tan alto que no podía soportar estar de este lado del universo y comprendí que había mucho en común entre querer no despertarse más e intentar hacerlo realidad. La única diferencia entre ella y yo era que ella se había animado y yo me iba a dormir todos los días esperando no despertarme a la mañana siguiente.
Tengo la fuerte teoría que los temblores evolucionaron a esos pensamientos, que esa oscuridad que la veía venir de lejos, que la sentía en el cuerpo, estaba fuertemente conectada con eso, con pensar en no querer volver a despertarme nunca, y lo pesada que puede volverse la realidad. Densa.
Con los años aprendí a controlarla, y ella aprendió a escaparse de los pocos controles que había logrado establecer, y a pesar de los años que pasé yendo al psicólogo, jamás fui capaz de hablarlo hasta hace poco. Tanto miedo le tenía a la oscuridad propia que nunca pude dormir en una oscuridad total hasta los veintitrés años.
Una noche, hace cosa de dos años, me asaltó en un boliche, y me empecé a ahogar mientras sonaba el tema de moda y todos cantaban a los gritos. Necesitaba irme. Irme de mi, de mi cuerpo. La tensión adentro mío aumentaba, como si hiciera fuerza hacia adentro y al mismo tiempo hacia afuera, y el oxígeno no me entraba por los pulmones. Me agaché y le dije a una amiga que me sentía mal. Me dieron un vaso de agua, me senté, pero no se iba. Yo sabía que no se iba a ir. Nos terminamos yendo.  Mi amiga sabía muy bien qué me pasaba, pero nunca dijo más al respecto que el mensaje que me mandó esa noche “si te vuelve a pasar o te pasa seguido, solo hace falta que lo digas.” No volvimos a tocar el tema.
Un año y medio más tarde me encontré como en la secundaria temblando, no pudiendo respirar en los cubículos del baño de la facultad. Me concentraba y el aire no me pasaba, las lágrimas no paraban de caer. Me puse los auriculares y escuché un tema que cantaban unos conocidos. Me calmé. Salí del baño, me limpié la cara y me contemplé al espejo.
_Esto-me dije- Se llama ansiedad, y hace casi diez años que vivimos juntas.
Nunca lo había investigado, pero me di cuenta unos días después cuando me animé y  lo google que respondía a 95% de los síntomas que describía si no era a todos.  Me había tomado nueve años identificarlos a todos, y ponerle un nombre.
Cambié de psicóloga, y pude empezar a hablar de todo eso que había intentado contarles fallidamente a mis padres y tenía guardado adentro. Aprendí a identificar cómo me sentía y cuando me sentía como. Al principio mi convivencia con la ansiedad cuando la puse en evidencia ante Andrea se puso difícil, pasé meses sin dormir, encerrada en baños tratando de recomponerme, yéndome temprano de la facultad (o ni siquiera pudiendo ir) hasta que encontré la forma de vivir con ella.
Ahora que le puse nombre, ya no paso tantas noches sin dormir.





martes, 8 de enero de 2019

Del viento

Hoy es de esos días. De esos en los que no puedo parar de pensar cómo dormiste, si comiste, si llegaste bien a tu casa.
Hoy es de esos días en los que me duele tanto tener que quedarme con la duda.
Anoche entre sueños te ví, todavía dormias a mi lado y dormido me apretaste contra tu pecho. Me relaje y pude dormir el resto de la noche.
Salí de la ducha y me quedé detenida observando la nada, desde que te fuiste hay mucho de eso, de ratos de nada. Los hay cada vez menos, pero los hay.
Me pregunto si te acordarás de mí. Me duele el corazón de pensar que no te suena ni mi nombre.
A veces nos recuerdo con muchísima nitidez, como si de vuelta estuviera en ese tiempo y espacio, otras es a rastras, completando cómo puedo los espacios en blanco.
Nunca te lo dije, pero siempre te sentí como el agua, y como siempre te me fuiste escurriendo entre los dedos, desde el momento cero, cómo siempre supe que los instantes de felicidad con vos eran contados y así todo me aferre con toda mi fuerza y mis ganas. Ojalá fuéramos más. Ojalá nos hubieran concedido un poquito de eternidad. Pero vos sos efímero, y yo soy volátil. Estaba condenado a no perdurar.

miércoles, 2 de enero de 2019

2019

No me saque ninguna foto con mi familia, ni mis tíos, ni mis primos. Me reí mucho, comi cosas ricas, mis primos me pusieron al tanto de sus vidas, me hicieron un regalo que no me esperaba, bailé con mi sobrino en brazos y me miró con sus pequeños ojitos con tanto amor que sentí que el universo se reducía a nosotros en la casa de mis tíos mientras cantábamos todos juntos las canciones a los gritos. En ese momento, en el que todo se disipó, en el que simplemente estuve ahí, en ese ahora, sentí la liviandad de ser feliz, y quererse a uno mismo, pero también lo hermoso de un hogar lleno de gente que te quiere mucho y vos querés de la misma forma, y que en un abrazo se corta la distancia y el tiempo y ya no importa que tan poco o que tan mucho nos veamos, el cariño es inmenso.
Una parte de mi alma vive en esta ciudad. Vive en sus calles numeradas, el parque al que llamó bosque, la arena en la que hundo los dedos de los pies, el olor del mar que me llena los pulmones. Vive en los abrazos de mis tíos, las risas con mis primos, los mates en la playa hasta el atardecer.
Vive en este hogar al que siempre puedo volver, al que vengo a refugiarme y cargar energías. Necochea es mi lugar en el mundo, es ese lugar donde siempre encuentro razones para amar la vida, mi cable a tierra cuando las cosas se ponen intensas.
El 2018 fue un año muy difícil, que encontró la forma de ponerme a prueba una y otra vez de formas diferentes, y que ante todo me hizo crecer. Tiró de mi. Me arrancó. Me hizo empezar cosas y a la vez me despojó de otras. Aunque tuve miedo, mucho miedo, enfrenté todo eso que venía escondiendo en placares, abajo de las alfombras o dónde pudiera. Tuve que despedir mucha gente, proque entre otras cosas este año que se fue tuvo muchas despedidas. Despedidas de ciclos que terminan, y de cosas que terminan.
Solté, un montón.  Pero cuando pude soltar tanto también pude encontrarme a mí y eso es lo más hermoso que me pasó este año, me encontré a mi. Es probable que haya tenido que romperme de esa forma para poder hacerlo, y que todas las veces que sentí que me ponían a prueba era muy real. La vida me ponía a prueba para que yo finalmente aprenda. Así todo también ha sabido ser cruel, viví con la hermosa ilusión de un sobrino que iba a llegar en julio, el primero de esa camada de primos, y dos días atrás el 2018 volvió a dar cátedra del año que no paró de romperme el corazón, cuando sonó el celular y me enteré que mi prima había perdido el bebé. Me dolió el corazón y quise llorar un rato por ese sobrino que no llego pero esperamos con tanto amor.
El 2018 jugó mucho a la vida y la muerte. Me dió grandes logros personales y a nivel académico que me hicieron sentir viva pero me arrojo al vacío cada vez que me fui ahogada en llanto temiendo ya no poder conjugar a mí mejor amiga en presente y que sólo quede ese pasado que habíamos vivido juntas, sin poder nunca más generar futuro juntas, nuevas anécdotas, nuevos momentos. Pero contra todo pronóstico, y mi optimismo que flaqueo tantas veces, nuestras tardes juntas siguen sin tener fecha de vencimiento, y eso me pone feliz.
Fue duro, en muchos sentidos, pero recibir este nuevo comienzo, este nuevo año rodeada de tanto amor, en mi lugar favorito en la tierra me cargó de energía, y me recordó que no importa que tan duras se pongan las cosas a veces tengo un grupo de personas que están dispuestas a bancarme mientras me reinvento, me rearmo, que tengo la suerte de tener la familia que tengo, y a los amigos que elegí tener. Hoy la vida la comparto con todos aquellos que han querido formar parte y a quienes les he abierto esa puerta, pero sobretodo de aquellos que han elegido estar, a pesar de todo.
Sé que el calendario no debería marcar como nos paramos ante la vida, pero me gusta creer en esos finales y comienzos que marcan las vueltas al sol. Y este es uno muy especial, por lo que quedó atrás y dejé atrás y por todo esto que está por venir.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Día 10

Creo que si hay algo en lo que me volví experta en los últimos días en saber no saber nada de mi. Me he hallado incansables veces simplemente estando en tiempo espacio sin tener mucha idea de cómo había llegado ahí.
Cuando hablan de estar suspendido en el tiempo creo que se siente un poco así. Estar despegado de la temporalidad, y de la materialidad misma de existir y pasar a ser simplemente sin estar propiamente en uno mismo, en la condición física y finita que es la presencia en si misma. Es como si mi mente hubiera perdido conciencia de sí.
Lo más particular de toda esta situación es que tampoco encuentro forma de explicarla de algún modo. Sobretodo no encuentro forma de explicarme a mi misma cómo estoy.  Es esa sensación de tiempo detenido-tiempo en cámara lenta en la que la hipersensibilidad es tal que te anula la capacidad de sentir algo en absoluto. Estoy reducida a estar, y respirar e incluso hay veces que ni siquiera puedo respirar. Hay veces que la realidad se vuelve tan densa que la fuerza de gravedad misma se multiplica a un nivel que no puedo evitar sentir que me aplasta contra la tierra. Trato de concentrarme. En ocasiones, funciona. Son las menos.
Vagando por este estado de desconcierto total me viene una sola palabra que pueda explicar todo esto. Desasosiego. Sosiego es el estado de tranquilidad o calma que hallamos en algo o en alguien. Desasosiego implica la pérdida de dicho estado.  Es curioso como es una palabra que jamás había buscado en el diccionario, que tenía una idea bastante general de lo que podía significar y cuando lo leí me pareció que tenía todo el sentido.
Se que este extraño ¿estar? se debe a eso. También se que no lo puedo calificar como "mal", porque lo que mejor me cabe de toda esa definición es ese sentimiento de estar perdida, de no saber, nada.
Así todo sé que esto es el desasosiego en si mismo. Se que es el dolor que se siente en esa pérdida, que lo siento en la mente cuando me encuentro mirando la nada durante horas, y que lo siento en el cuerpo cuando mi celular marca las cuatro de la mañana y mi cuerpo convulsiona en el llanto contenido y los ojos inundados de lágrimas mientras trato de respirar y calmarme. Mientras intento sacarme de la cabeza todos los recuerdos que me atormentan uno atrás del otro a la par que se desbibujan lentamente en mi memoria. Porque si hay algo más triste que tener que olvidar tantas cosas con alguien es saber que tu memoria está perdiendo partes de esos recuerdos, que ya no sentís en el cuerpo los abrazos ni el calor del otro que alguna vez estuvo, que lo hace mucho más rápido de lo que estoy preparada para dejarlo ir.
Es extraño como incluso duele tanto aquello que ni siquiera vivimos. Creo que lo que más duele cuando algo termina es esa imposibilidad de genera futuro. Nada ni nadie nos pertenece más que en ese anhelo de volver a encontrarnos, volver a vivir nuevos recuerdos. Porque el pasado ya se nos ha ido y no podemos volver y el presente es un instante que se desvanece en el momento en el que somos capaces de apreciarlo. Solo poseemos ese futuro que estemos dispuestos a construir, esos instantes en los que nos toque coincidir. Yo ya se que no voy a volver a coincidir, que me quedé sin instantes y por lo tanto sin futuro que pueda esperar, añorar.

La última vez

A veces releo conversaciones viejas con vos así me acuerdo por qué ya no funcionaba. A veces creo que nunca funcionó realmente pero te quer...