martes, 8 de enero de 2019

Del viento

Hoy es de esos días. De esos en los que no puedo parar de pensar cómo dormiste, si comiste, si llegaste bien a tu casa.
Hoy es de esos días en los que me duele tanto tener que quedarme con la duda.
Anoche entre sueños te ví, todavía dormias a mi lado y dormido me apretaste contra tu pecho. Me relaje y pude dormir el resto de la noche.
Salí de la ducha y me quedé detenida observando la nada, desde que te fuiste hay mucho de eso, de ratos de nada. Los hay cada vez menos, pero los hay.
Me pregunto si te acordarás de mí. Me duele el corazón de pensar que no te suena ni mi nombre.
A veces nos recuerdo con muchísima nitidez, como si de vuelta estuviera en ese tiempo y espacio, otras es a rastras, completando cómo puedo los espacios en blanco.
Nunca te lo dije, pero siempre te sentí como el agua, y como siempre te me fuiste escurriendo entre los dedos, desde el momento cero, cómo siempre supe que los instantes de felicidad con vos eran contados y así todo me aferre con toda mi fuerza y mis ganas. Ojalá fuéramos más. Ojalá nos hubieran concedido un poquito de eternidad. Pero vos sos efímero, y yo soy volátil. Estaba condenado a no perdurar.

miércoles, 2 de enero de 2019

2019

No me saque ninguna foto con mi familia, ni mis tíos, ni mis primos. Me reí mucho, comi cosas ricas, mis primos me pusieron al tanto de sus vidas, me hicieron un regalo que no me esperaba, bailé con mi sobrino en brazos y me miró con sus pequeños ojitos con tanto amor que sentí que el universo se reducía a nosotros en la casa de mis tíos mientras cantábamos todos juntos las canciones a los gritos. En ese momento, en el que todo se disipó, en el que simplemente estuve ahí, en ese ahora, sentí la liviandad de ser feliz, y quererse a uno mismo, pero también lo hermoso de un hogar lleno de gente que te quiere mucho y vos querés de la misma forma, y que en un abrazo se corta la distancia y el tiempo y ya no importa que tan poco o que tan mucho nos veamos, el cariño es inmenso.
Una parte de mi alma vive en esta ciudad. Vive en sus calles numeradas, el parque al que llamó bosque, la arena en la que hundo los dedos de los pies, el olor del mar que me llena los pulmones. Vive en los abrazos de mis tíos, las risas con mis primos, los mates en la playa hasta el atardecer.
Vive en este hogar al que siempre puedo volver, al que vengo a refugiarme y cargar energías. Necochea es mi lugar en el mundo, es ese lugar donde siempre encuentro razones para amar la vida, mi cable a tierra cuando las cosas se ponen intensas.
El 2018 fue un año muy difícil, que encontró la forma de ponerme a prueba una y otra vez de formas diferentes, y que ante todo me hizo crecer. Tiró de mi. Me arrancó. Me hizo empezar cosas y a la vez me despojó de otras. Aunque tuve miedo, mucho miedo, enfrenté todo eso que venía escondiendo en placares, abajo de las alfombras o dónde pudiera. Tuve que despedir mucha gente, proque entre otras cosas este año que se fue tuvo muchas despedidas. Despedidas de ciclos que terminan, y de cosas que terminan.
Solté, un montón.  Pero cuando pude soltar tanto también pude encontrarme a mí y eso es lo más hermoso que me pasó este año, me encontré a mi. Es probable que haya tenido que romperme de esa forma para poder hacerlo, y que todas las veces que sentí que me ponían a prueba era muy real. La vida me ponía a prueba para que yo finalmente aprenda. Así todo también ha sabido ser cruel, viví con la hermosa ilusión de un sobrino que iba a llegar en julio, el primero de esa camada de primos, y dos días atrás el 2018 volvió a dar cátedra del año que no paró de romperme el corazón, cuando sonó el celular y me enteré que mi prima había perdido el bebé. Me dolió el corazón y quise llorar un rato por ese sobrino que no llego pero esperamos con tanto amor.
El 2018 jugó mucho a la vida y la muerte. Me dió grandes logros personales y a nivel académico que me hicieron sentir viva pero me arrojo al vacío cada vez que me fui ahogada en llanto temiendo ya no poder conjugar a mí mejor amiga en presente y que sólo quede ese pasado que habíamos vivido juntas, sin poder nunca más generar futuro juntas, nuevas anécdotas, nuevos momentos. Pero contra todo pronóstico, y mi optimismo que flaqueo tantas veces, nuestras tardes juntas siguen sin tener fecha de vencimiento, y eso me pone feliz.
Fue duro, en muchos sentidos, pero recibir este nuevo comienzo, este nuevo año rodeada de tanto amor, en mi lugar favorito en la tierra me cargó de energía, y me recordó que no importa que tan duras se pongan las cosas a veces tengo un grupo de personas que están dispuestas a bancarme mientras me reinvento, me rearmo, que tengo la suerte de tener la familia que tengo, y a los amigos que elegí tener. Hoy la vida la comparto con todos aquellos que han querido formar parte y a quienes les he abierto esa puerta, pero sobretodo de aquellos que han elegido estar, a pesar de todo.
Sé que el calendario no debería marcar como nos paramos ante la vida, pero me gusta creer en esos finales y comienzos que marcan las vueltas al sol. Y este es uno muy especial, por lo que quedó atrás y dejé atrás y por todo esto que está por venir.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Día 10

Creo que si hay algo en lo que me volví experta en los últimos días en saber no saber nada de mi. Me he hallado incansables veces simplemente estando en tiempo espacio sin tener mucha idea de cómo había llegado ahí.
Cuando hablan de estar suspendido en el tiempo creo que se siente un poco así. Estar despegado de la temporalidad, y de la materialidad misma de existir y pasar a ser simplemente sin estar propiamente en uno mismo, en la condición física y finita que es la presencia en si misma. Es como si mi mente hubiera perdido conciencia de sí.
Lo más particular de toda esta situación es que tampoco encuentro forma de explicarla de algún modo. Sobretodo no encuentro forma de explicarme a mi misma cómo estoy.  Es esa sensación de tiempo detenido-tiempo en cámara lenta en la que la hipersensibilidad es tal que te anula la capacidad de sentir algo en absoluto. Estoy reducida a estar, y respirar e incluso hay veces que ni siquiera puedo respirar. Hay veces que la realidad se vuelve tan densa que la fuerza de gravedad misma se multiplica a un nivel que no puedo evitar sentir que me aplasta contra la tierra. Trato de concentrarme. En ocasiones, funciona. Son las menos.
Vagando por este estado de desconcierto total me viene una sola palabra que pueda explicar todo esto. Desasosiego. Sosiego es el estado de tranquilidad o calma que hallamos en algo o en alguien. Desasosiego implica la pérdida de dicho estado.  Es curioso como es una palabra que jamás había buscado en el diccionario, que tenía una idea bastante general de lo que podía significar y cuando lo leí me pareció que tenía todo el sentido.
Se que este extraño ¿estar? se debe a eso. También se que no lo puedo calificar como "mal", porque lo que mejor me cabe de toda esa definición es ese sentimiento de estar perdida, de no saber, nada.
Así todo sé que esto es el desasosiego en si mismo. Se que es el dolor que se siente en esa pérdida, que lo siento en la mente cuando me encuentro mirando la nada durante horas, y que lo siento en el cuerpo cuando mi celular marca las cuatro de la mañana y mi cuerpo convulsiona en el llanto contenido y los ojos inundados de lágrimas mientras trato de respirar y calmarme. Mientras intento sacarme de la cabeza todos los recuerdos que me atormentan uno atrás del otro a la par que se desbibujan lentamente en mi memoria. Porque si hay algo más triste que tener que olvidar tantas cosas con alguien es saber que tu memoria está perdiendo partes de esos recuerdos, que ya no sentís en el cuerpo los abrazos ni el calor del otro que alguna vez estuvo, que lo hace mucho más rápido de lo que estoy preparada para dejarlo ir.
Es extraño como incluso duele tanto aquello que ni siquiera vivimos. Creo que lo que más duele cuando algo termina es esa imposibilidad de genera futuro. Nada ni nadie nos pertenece más que en ese anhelo de volver a encontrarnos, volver a vivir nuevos recuerdos. Porque el pasado ya se nos ha ido y no podemos volver y el presente es un instante que se desvanece en el momento en el que somos capaces de apreciarlo. Solo poseemos ese futuro que estemos dispuestos a construir, esos instantes en los que nos toque coincidir. Yo ya se que no voy a volver a coincidir, que me quedé sin instantes y por lo tanto sin futuro que pueda esperar, añorar.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Día 1

Volvió a empezar.  Los días eternos, las noches inconclusas en las que lloro hasta quedarme dormida.
Cuando te ví supe que el día que te fueras ibas a dolerme hasta lo más profundo, y cuando me diste ese primer abrazo entendí que iba a valer todo eso que algún día ibas a llegar a dolerme. Cómo pude salté a vacío, el domingo me la di contra el suelo cuando me dijiste que ya no iba más.
Mientras hablabas y trataba de escucharte a través de cómo me desarmaba desde adentro, recordé cómo hacía no mucho me había despertado al lado tuyo con esa paz que daba encontrarte cuando abría los ojos y mientas te abrazaba saber que me quedaban tantas noches de despertarme en la madrugada y verte dormir, de reírme a la par tuyo y caminar de tu mano.
Me duele todo ese futuro que no será, todos esos sueños y proyecciones que no van a poder ser.  Un día soñé que las cosas me salían bien y era capaz de hacerte feliz.  El domingo entendí que no poseía esa cualidad, y que no importa cuánto amor podamos tenerle a otro, solo con el amor no alcanza. Me pareció cruel el nivel de ironía de esta vida, cuando yo pensaba en cómo contarte que los 'te quiero' y sus superlativos me habían quedado chicos y vos habías decidido cerrar la puerta a todo eso que podía ser y jamás será. Es extraño como simplemente somos en esta vida y lo único que podemos poseer en simultáneo con el otro es ese presente efímero que se escurre y todas las posibilidades para mañana que podamos soñar, planear, pensar.
Creo que lo que más me duele es todo aquello que ya no podré hacer nunca más. Ya no te voy a poder abrazar en el medio de la noche, ni despertarme a la lado tuyo, ni caminar abrazada a vos o tomados de la mano. Ya no voy a pensar en qué plan puedo proponerte para el próximo fin de semana, ni cocinarte esas cosas que se que te gustan o creo que podrían gustarte.
Pero sobretodo ya no voy a compartir ese espacio físico temporal que compartía con vos, y que creía fuertemente que nos quedaba tanto por compartir.
Me parte al medio que ciertas cosas tengan un inminente final, digo, me hubiera gustado seguir siendo capaz de producir posibilidades, que no se nos agoten. Me hubiera encantado que esa felicidad que me producias no tuviera final, que cada vez que siento que el universo me aplasta estuvieras ahí para abrazarme, porque sí bien nunca solucionó todo eso, los aplacaba un rato para poder seguir contra lo que tuviera que enfrentarme.
Me resulta horrible no poder ya refugiarme en ese abrazo, ese que del momento cero se sintió como estar en casa, que tuvo tanto sentido que supe que ya no querría otros.
Ojalá mañana me despierte y tú ausencia no duela tanto, o mejor todavía mañana me despierte sabiendo como no hacerte mal y pueda ser capaz de arreglar todo eso que solo supe romper.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Los monstruos


 Habitan espacios varios, a veces se tiñen de colores, se ponen máscaras divertidas y bailan a la par de los demás. Estallan en carcajadas, te toman de las manos y te sacan a bailar. Entre luces de colores y vaivenes uno se deja llevar, se suelta, se ríe y baila.  Aumenta el ritmo, la velocidad, todo se desdibuja un poco, y de apoco. La luz se vuelve una oscuridad repleta, saturada de color, de información y el desconcierto irrumpe dando lugar al aturdimiento.
Habitan espacios varios, con formas múltiples. Los monstruos de las miserias humanas, destrozan los cuerpos originales dando lugar al horror de encontrar que el otro no es tanto el otro sino uno que no pudimos ver.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Adrián


_Cuando me vaya, quiero que bailes.
_¿Qué?
_Eso. Quiero que bailes.-Repitió arrastrando las últimas sílabas mientras se quedaba dormido. Hernan miró atónito a su hermano, que ya estaba inmóvil transitando otros espacios fuera de esta dimensión, y se preguntó cómo es que podía pensar e incluso decir esas cosas.
Los médicos lo habían repetido en varias ocasiones, incluso Adrián también lo había entendido. Había cosas que a veces simplemente llegan a su fin aunque parezca demasiado pronto, y aunque le parecía cruel que su hermano fuera a partir con unos cuarenta y pocos, entendía de todas formas que la muerte ante todo no tiene nada de injusticia. No discrimina y a todos les llega.   Aunque Hernán era una persona muy racional, no alcanzaba a comprender cómo su hermano había logrado ese nivel de entendimiento y aceptación para con  la idea de irse, de dejar su forma corpórea y como con tanta naturalidad había abrazado esa idea y la comprendió a un nivel más allá de todo.  En algún punto lo enojaba. Sentía que en algún nivel, su hermano se estaba rindiendo, se estaba dejando ir. Lo enojaba sobretodo porque él no imaginaba la vida lejos de su hermano, y Adrián aceptó tan livianamente la cercanía del fin, de sus caminos separándose.
Lo que Hernán no podía ver, y Adrián si era como la muerte lo asechaba, como de a ratos se asomaba al umbral de la puerta de su habitación blanca y pulcra de ese hospital en las afueras de la ciudad. A veces pasaba y se sentaba a contemplarlo. Otras simplemente vagaba por los pasillos de su piso, en el que estaban todos aquellos pacientes de alta complejidad. Había ocasiones en las que entraba a las habitaciones vecinas, y en algunas mientras las alarmas rompían el silencio y los médicos junto con las enfermeras  llevaban a cabo sus coreografías ensayadas a la velocidad de la luz, Adrián era testigo como de la mano de ella se iban y lo saludaban con una sonrisa pegada en la boca. Él también quería volver a sentir esa paz, esa que es tan única que imprime esas sonrisas tan particulares, reconocibles.
Es probable que él haya aceptado la idea por todo eso, y porque por una vez le pareció que podía ahorrarle a su hermano tener que hacer de hermano mayor, entendedor del mundo. Para que mientras Hernán lidiara con comprender como todo eso que entendía que significaba la muerte en si misma podía aplicar a su hermano y como a pesar de lo obvio, uno siempre espera que exima a nuestros  seres queridos. Así que decidió que él no se iba a hacer problema por aquello que era tan inevitable como el transcurso de la vida, que era inminente ahora más que nunca. 
Aunque Hernán trató de disimularlo, durante los meses que duró la tortura de las visitas al hospital, la interminable agonía de Adrián y su cuerpo consumiéndose por un cáncer arrasador, su mueca lo delató en cada ocasión que los médicos practicaban un poco de futurología cuando les informaban cuanto tiempo podría quedarle a Adrián de ese martirio. Uno de los últimos días lo entendió. Entendió cómo de la misma forma que los presos no pueden salir de sus recintos, y se encuentran confinados en espacios pequeños que le impiden toda libertad, su hermano estaba enjaulado a ese cuerpo que había cumplido su ciclo. Ese cuerpo que había alcanzado la obsolescencia demasiado pronto.  Ahí fue cuando comprendió que tal vez que ese cuerpo biológico concluya su función significaba que su hermano finalmente seria libre. Recordó como cuando eran pequeños corrían a toda velocidad por su cuadra, y su mamá les gritaba de la puerta de la casa que no se fueran tan lejos,  y como él se detenía en cuanto la voz de su madre sonaba, pero Adrián no, porque decía que le gustaba sentir como en viento se cortaba en su cara, y que probablemente eso era lo más parecido a la libertad. Así que perdido en sus pensamientos, ahogado en las ganas de llorar que se guardó para cuando estuviera solo, mientras estaba parado frente al cajón en donde su hermano por fin dormía tranquilo alejado de todo dolor físico perteneciente a esta vida terrenal, Hernán empezó a mover los pies lentamente, siguiendo el ritmo de la canción que los amigos de él cantaban y tocaban acompañados de unos tambores. A pesar de la escena surrealista que estaba ocurriendo ante sus ojos, y de lo alejada que se encontraba de lo que el consideraba racional, movió los pies, y bailó. Porque su hermano no le pidió solo que bailara esa noche sino que lo invitó a liberarse de todo ese dolor cuando entendió que la vida y la muerte eran parte del hecho de estar vivo.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Camila

Todavía recuerdo cómo sonreía, como a veces se quedaba quieta, inmóvil de cara al sol. A veces sin darme cuenta podía contemplarla durante horas, otras veces pensaba como podía ser que alguien pasara tanto tiempo ahí sin hacer nada más que permanecer estático con la firmeza de una estatua. Ni siquiera se estremecía cuando el viento helado arremetía contra su cuerpo. Hubo días en los que podía asegurar que no pertenecía ni a este mundo, ni a este plano de la existencia. Hubo otros en los que desee un poco más de esa mediocridad humana que poseen todos los mortales para poder así entender algo de todo eso que ella era, o al menos para que salvar un poco de esa distancia que se instalaba entre las dos, cuando ella era tan ella y yo tan yo que parecía que un muro de varios metros de anchura se construía en un instante entre ambas.
Hay gente que simplemente es magnífica. Magnifica de magnitud y gigantes, magnifica desde lo increíble y deslumbrante. Ella era todo eso junto. A la vez. Como si en su diminuto cuerpo cabieran tantas palabras, tantos adjetivos. Ella era la definición de todos ellos.
Aún habiendo vivido tantos años todavía me puedo sorprender de como las palabras y conceptos a través de los cuales definimos y conjugamos la vida se configuran y reconfiguran constantemente por medio de las personas que conocemos y como impactan en nosotros.
Camila era todo eso, y más. Camila era mágica. Sonreía y todos volteaban a verla con esos hoyuelos que se le formaban a los costados de la cara, enmarcando la boca. Camila con su madurez fuera de serie nunca tenía la edad que tenía que tener, su cerebro y corta vida llena de experiencias la habían dotado de una sabiduría impropia de la juventud. Camila cantaba, reía, bailaba y parecía que el universo entero entraba en sintonía con ella, y armonizaba todo de esta vida con esa energía que nunca nadie antes había visto poseer. Camila era un espectáculo.
Tal vez que Camila me resultara tan ella tenía que ver con quién era yo, estaba relacionado a que jamás me habría imaginado contemplando a alguien de la misma forma que uno contempla una obra de arte en un museo, viviendo la experiencia estética de encontrarse frente a lo indiscutiblemente bello, ante aquello que despertaba sin lugar a dudas todas mis pasiones. Mis miedos. Mis fantasías. Todo lo que me hacía vibrar en algún nivel.
 Era un constante estar desvelada dandole vueltas a lo que escapa de mi conocimiento, de mi capacidad de entender. Llegó a mi vida como un fenómeno climático, con la fuerza de un huracán, y quedaba suspendida en el aire, en mis pensamientos, y penetraba mi mente como los terremotos rajan la tierra, y no la entendía de la misma forma que a veces no entiendo como puede hacer un calor de morirse y al instante llueve y uno se congela.
Tal vez fue porque no la entendía, o tal vez fue eso mismo que pasa con los esos días. Cuando la conocí, y cuanto más la conocía yo ardía en el más cálido y plácido de los veranos pero cuando me quise dar cuenta el viento había cambiado y me hallé en un desierto de hielo. Sin ella porque de alguna forma que había sido invisible para mi fue como esfumándose de apoco, en conversaciones vacías sin sentido, en reclamos sin fundamentos y desencuentros continuos. De hielo porque me caló hasta los huesos el espacio vacío que dejó su presencia, y ya no pude hacer más nada que recordar como al sol danzaba y permanecía estática, cuando el viento no la podía mover y ella permanecía allí como arrancada del orden de lo maravilloso y yo simplemente me detenía a detenerme con ella para verla solo estar ahí.

Del viento

Hoy es de esos días. De esos en los que no puedo parar de pensar cómo dormiste, si comiste, si llegaste bien a tu casa. Hoy es de esos días...