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miércoles, 13 de julio de 2016

Los gritos del silencio


En 17 años, dudo que haya ido alguna vez a algún lugar mas triste que un funeral. Cuando nos paramos todos alrededor de un cajón, y el grito desgarrador, cargado de lágrimas sonó al unisono. Que haces cuando las risas de un grupo de amigos se callan, cuando el silencio se roba su voz, cuando sabes que esa persona no va a volver. Somos presos del silencio. Nos agarra los pies y se te mete en las venas. Te envenena. Eso es lo que pasa. Cuando alguien joven muere, un millon de estrellas, se apagan, y cuando es asesinado, otro millon de ilusiones lloran porque se les robo su oportunidad de ser llevadas a cabo. Todos sus proyectos en ese instante, se van... Y ya no queda nada, cuando tu cuerpo yase inmovil. Cuando queremos detenernos con vos, para poder de alguna forma atarte a la vida que se te robo.

25.12.11
<Del 13 de julio de 2012>

lunes, 11 de julio de 2016

Siempre lo dije y dudo que alguna vez deje de pensarlo, hay infinidad de comienzos para la misma historia, y a veces ese real comienzo puede no encontrarse al principio de la línea temporal.
Lo encontré en una caja que todavía sin terminar de despabilarme tiré en su interior un poco apurada todos los recuerdos físicos que me quedaban, y con lagañas en los ojos todavía, la encinté de tal forma que nada pudiese escaparse. Ya no quería que nada de todo aquello me perteneciera en ningún nivel.
Las fotos, algunas se me habían desteñido por el sol y el agua, como si hubieran de alguna forma erosionado mi memoria, y  los colores se dilataron fuera de su lugar original.
No quise conservar nada. De nada. Ni siquiera el hilo que había usado para colgar las fotos, ni los pequeños brochecitos que había encontrado tan simpáticos cerca de la facultad. Tampoco, ese cuaderno que tanto empeño le había puesto. Le debía un punto final, me lo debía a mi misma en realidad, me debía admitir que esa historia no sería ni ayer, ni hoy ni nunca mi “felices para siempre” porque primero, elegí dejar de creer todos esos cuentos que pintó en el aire, y que se volaron en otoño y segundo, porque no quería estar más ahí. Me digné a aceptar que el amor propio no es algo que esté mal realmente, y que elegir ser feliz por uno, y elegir estar con alguien que nos hace feliz, no está mal. No soy mala persona por haberte dejado.
No merezco torturarme a mi misma por las decisiones que tomé, no soy cruel por haber dicho desde el momento cero que ese era el final de lo que alguna vez a su forma tan retorcida, fue un nosotros. Tampoco está bien estar con alguien porque te da pena dejarlo ir, o te da miedo lo que pueda hacerse y hacerte, por horrible que suene.
Con un paso apretado y la caja en la mano, me acerqué al cesto de basura que divisé una cuadra antes, y sin antes repetirme que yo elegí ser feliz, y no está mal lo que hice, ni lo que estaba haciendo, dejé caer la caja en su interior, y con ella todo el tiempo que compartí con él. Yo estaba soltando mis miedos, mis pesadillas, y aceptando que lo que llevo ahora conmigo no son más que cicatrices, aunque haya días que todavía duelan más que otros.
Entonces ahí recordé todos mis comienzos para este principio. Recordé todos esos instantes en los que comencé a construir el principio de todo esto.
Cuando me sentí tan miserable y presa en esa casa en la que el sol no llegaba a entrar por las ventanas que quise correr hasta que fuera capaz de escupir mis propios pulmones. Las lágrimas me bajaron por las mejillas ardiendo y supe que nunca más volvería a ese lugar.
El atardecer entre risas y charlas filosóficas con mi mejor amiga, sobre esa plataforma en el camping, la arena sobre los dedos. No tener miedo.  Encontrar la felicidad entre risas. Abrazos grupales con mis amigas. Dolores de panza, de risa. Como entre todo eso, me acordé que no sabía, ni conocía cuando fue la última vez que había recordado ser feliz.
Saltar al vacío y animarme a arriesgarme por la persona que hace tanto me voló la cabeza. Una noche estrellada en pleno diciembre, que sostenga mi mano al atardecer. Que me demostrara que no hay excusas, ni otras, ni porqué padecer estar con alguien. Una despedida en el aeropuerto al amanecer, entre risas y lágrimas rogarle que no se fuera a la otra punta del planeta, y poder volver a respirar un mes más tarde cuando pudiera volver a abrazarme.
Un antro en Palermo, y que una vez más la música me atraviese el pecho y me haga ser consciente de que estoy acá porque elegí ser ese lugar.
La madrugada de un sábado que entre el insomnio y pesadillas, decidí que todo eso, todo merecía que finalmente era hora de aceptar lo que dejé ir, y que no está mal. Sobre todo eso, no está mal.
Elegí la vida que tengo hoy en día.
Todas las decisiones que he tomado hasta la fecha me han puesto donde estoy hoy, y por eso no podría estar más feliz, porque se que todas las noches duermo tranquila, porque después de tanto tiempo, y tantos comienzos, me llevaron al mismo lugar.
Hoy, me volví a encontrar a mi misma.

Y no está para nada mal.