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domingo, 24 de abril de 2016

Último día bueno

“Una de las convenciones menos idiotas sobre el género cáncer juvenil es la del último día bueno el día en que la víctima de cáncer goza de unas inesperadas horas porque parece que el inexorable declive se ha estancado de repente y por un momento puede soportar el dolor.”
John Green, Bajo la misma estrella.
La primera vez que leí este libro, no pude evitar pensar y sentir que este concepto era increíblemente triste, y me preguntaba si sería uno capaz de identificarlo. Por ese entonces, tenía dieciocho años y estaba tratando de entender como llevar la idea de un gran amigo de la infancia con un cáncer fulminante, y pocas ánimos de volver a enfrentarme a un duelo. Si bien entendía el concepto de cáncer, y todo lo que implicaba su enfermedad elegí creer que otra vez no tendría por qué vivir la pérdida de un ser querido joven. Así todo, la vida,  decidió que dos no sean suficientes, y una vez más me ví cara a cara con la muerte de un amigo. Entre una cosa y la otra, este libro con su cuota de ficción y de un autor no viviendo la situación de este tipo de enfermedades, me ayudó a sobrellevar el tema.
Nunca supe cuando fue su último día bueno.
Nunca, con él experimenté poder identificarlo, al menos un día bueno. Tal vez será que él era de esas personas que incluso en la más cruda adversidad pudo mantener esa sonrisa que te inundaba la vida.
De forma diferente hoy entendí el concepto. Si bien mi abuelo afortunadamente no se ve afectado una enfermedad física de estas características, si se ha ido transformando en los últimos años a raíz de la pérdida de mi abuela. Hace cinco años nos dejó, y desde ese entonces perdió la capacidad de sonreír, los chistes y bromas que nos hacía a todos.
Cuando sonó el timbre y estaba del otro lado de la puerta con una enorme sonrisa estampada en la cara, y cruzó la entrada con una soltura tan propia, un medio abrazo, anécdotas a todo vapor encontré un vestigio de quien me abuelo alguna vez fue.
Hoy fue uno de esos días buenos.  No me entró la sonrisa en la cara, y me acordé como antes se partía en carcajadas, como cada vez que nos distraíamos nos escondía las cosas, y se reía en un rincón, y siempre tenía un chiste distinto para todos.
Me acordé de ese toque especial que antes estaba, y la última vez que ví a mis abuelos juntos. Cómo él la estaba molestando y ella se ofendió y se fue a la cocina, como él la fue a buscar y entre un par de palabras dulces, un beso, se le fue el enojo y como entre risas auténticas ella se sentó a upa suyo y se sonreían felices.
Después de cincuenta años casados, nada más que el cuerpo se les había oxidado. Hoy me acordé como hace unos años, después de contemplarlos entendí que yo no quería nada de todas las cosas que había leído en libros, visto en películas, imaginado en noches eternas. Yo quería un amor así como el de mis abuelos. Uno que después de casi sesenta años juntos, pudiera jugar como a los quince, y me llenara de esa forma que los llenaba a ellos, los inundaba y tuve la suerte de admirar.
Ese, había sido su último día bueno.

 Hoy descubrí, que no. Que todavía puedo encontrar a mi abuelo, no solo en lo que fue.

domingo, 10 de abril de 2016

Resiliencia

La resiliencia, puede ser vista, como la capacidad o aptitud que posee algunos individuos para superarse de una adversidad. No obstante, no todos los individuos poseen esta característica ni se relaciona con la genética, muchas veces dicha habilidad el individuo la desconoce y la descubre cuando se encuentre en una situación dura que logra su fuerte actitud de superarse y seguir en frente.
Toda persona llamada resiliente es aquella que en un momento de su vida convirtió el dolor en una virtud, como: el sufrimiento de una enfermedad, la pérdida de un ser humano, pérdida de cualquier parte de su cuerpo, etc. En consideración de lo anterior, la resiliencia es sinónimo de fortaleza, invulnerabilidad, resistencia, entre otros.

Fuente: http://www.significados.com/resiliencia

domingo, 3 de abril de 2016

Desde que tengo uso de conciencia he estado obsesionada con la idea de poder congelar instantes de nuestra vida en la eternidad. He querido incontable cantidad de veces ciertas sensaciones poder atraparlas, plasmarlas en ese preciso momento en el que una sensación tan particular te inunda que resulta realmente complicado definirla. En uno de mis novelas favoritas, el autor la define como “sentirse infinito”, y desde que lo leí, no podría estar más de acuerdo con que esa es la definición perfecta para esto mismo. Sentirse infinito.
Ese instante, en el que las carcajadas te brotan por la garganta con tanta intensidad, y las lágrimas se abren paso a través de tus ojos, el estómago se contrae, duele, pero es un dolor feliz.

Realmente creo que si a cualquiera le explicáramos qué es sentirse de esta forma en cuestión podría identificar momentos en su vida en los cuales se ha sentido de esta forma. (…)

El pasado que ya no duele

Sin penas ni glorias pasaron los últimos días, un poco aburridos y con cierta pereza, se arrastraron al final del fin de semana. A pesar de tener cosas que hacer, transcurrieron especialmente lento, como si no tuvieran fin.
Me puse a reflexionar sobre esta nueva forma particular de correr los días, de esto “nuevo” que ya no tiene tanto de nuevo pero sigo sin terminar de acostumbrarme.
Hace apenas tres días concluyó el más raro de mis años de vida, en el que pasaron tantas cosas que me cuesta muchísimo creer que todo esto haya cabido en 365 días. Hace tres días terminó “el año de mis vente años “ y sigo sin poder creerlo.
Hace un año  mi vida era completamente diferente, hace siete meses no sabía ni dónde estaba parada, hace cinco, creía que la “hecatombe”  en la que me estaba hundiendo no tendría un fin y que la paz se escapaba de mis dedos como agua, y que no sería nunca más que un anhelo, una utopía. Hace tres meses comprendí que este, era mi nuevo comienzo, la nueva oportunidad que sin saber estaba esperando, y entre el barullo y una noche profunda recordé que la felicidad no era algo mecánico que se encontraba no sabía bien en qué sino más bien una sensación de magnitudes descomunales que no me cabía en el cuerpo. Y todo, todo eso, pasó en un año.
En un año reí, lloré, me caí, me levanté, me peleé, me amigué, conocí gente, me fui de viaje con mi familia y amigos, volví a ese lugar que me da paz, me reencontré, sobre todo, crecí. A las piñas, como siempre, pero crecí. Entre gritos y risas, cicatrices y heridas, hoy puedo mirar atrás.
Hoy ese pasado es el pasado que no me duele. El pasado que puedo recordar sin llorar, sin avergonzarme, sin que desee volver a empezar y borrarlo de mi.
Al pasado que ya no duele, puedo mirarlo con medias sonrisas, sin lágrimas, de lejos. Como cuando encontrás una foto vieja, y parece que la sonrisa es tan grande que la cara no te alcanza pero no te acordás ni por qué ni con quién estabas.
Creo que llegó ese momento en el que me dejé de preguntarme si realmente fui feliz por todo lo que sufrí y lloré después. Hoy, del pasado que ya no duele, elijo creer recordarme feliz, o al menos contenta, y que ya no puedo cambiar ni volver a hacer todas las cosa que volvería a hacer,  y que no es más que una foto vieja, que eventualmente alguna vez te volvés encontrar entre cajas y libros viejos, y no es más que eso. Una foto. Un recuerdo.
De mi pasado que ya no me duele, reconozco que aprendí, y que si nada de todo eso no me hubiera pasado, probablemente hoy no estaría en el punto en el que hoy estoy, del que no me puedo hallar más feliz, y creo que eso es lo más importante.
Los últimos apuntes que leí hoy para la facultad hacían un gran hincapié en este tema, la importancia de saber recordar el pasado, como punto de partida al futuro, en no prolongar el pasado para poder crear nuestro futuro, hoy.