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viernes, 25 de noviembre de 2011

Se mataban, se desgarraban, se deshacían. Se veían desvanecer, mientras se dejaban morir.
Ellos no veían  nada. Nada veían, y yo, yo desde afuera la vi dejarse ir de la manera más espantosa que alguna vez pude presenciar.
Violeta, nunca fue una persona decidida, y  tal vez sea esa la verdadera razón por la que las cosas tomaron el rumbo que tomaron,  y estaban ahí los tres, o los dos, o tal vez sólo él, porque siempre había estado solo.
Desde que comenzó a saber su existencia. Cuando la conoció la arrastró a él, la arrastró a crear  un infierno congelado de sus ilusiones muertas.
Ahí estaban, los dos actores principales y el protagonista de la desgracia, la infelicidad, la inmortalidad en la misma cotidianidad.
Había nacido en los inviernos crudos, y odiado el calor, había espantado el afecto y cualquier clase de amor, hasta que la  vio a ella, que sin intención alguna, le robo el sueño, la atención, y las ganas de ser. Le robo todo aquello que jamás tuvo, y creo que esa es la parte más triste de ellos tres,  la forma en la que se arrancan y dejan lo que no tienen por alguien más, como se hunden en la miseria, y se van desgastando, como gritan, gritan y no dan más y les duele hasta el último centimetro de sus almas.
Y los vi irse.
Ella se despedazo.
Martín, martín se interno en si mismo, se ahogó y quemó en el más crudo de sus inviernos personales, y se volvió aún más frio que mil inviernos juntos.
Mientras que Matias se congelo en su infierno, ese que solo le podría proporcinar el desamor del amor más sincero que jamás existió.
Violeta, tan solo, se desvaneció.
Desde afuera nunca supe si el más triste desenlace fue a causa de lo que eran los tres por si solos, o lo que dio por resultado que los tres se hayan econtrado.