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lunes, 23 de abril de 2018

Día 2

Es verdad. Ayer lloré toda la tarde y esperé tu mensaje. Me calme cuando supe que estabas bien. Cuando oscureció y volví a la cama para dormir ya me había puesto tu campera hacía rato, como si me diera cierto tipo de seguridad particular. No me la saque para dormir.
Sonó la alarma, y puse el día en piloto automático.  Fui a cursar, tomé apuntes, volví a casa, comí algo y volví a refugiarme en tu campera, como sí eso me ahorrara todo lo que me duele lo otro. Me quedé dormida toda la tarde,  otra vez con tu campera, queriendo olvidarme de todo, esperando despertar con vos.
Pensaba, que loco cuando uno es feliz, todo es de otro color. Ahora simplemente me siento a estar en lugares sin realmente estar, y el tiempo transcurre y yo me quedo estática, esperando que todo pase, que esto termine y recién empezó.

domingo, 22 de abril de 2018

Día 1

Un montón de gente me preguntó por vos. Se ve que de lejos se notaba que me hacías bien. No me salió decir nada proque cada vez que abro la boca me dan ganas de llorar y se me inunda todo el cuerpo. Sonreí a medias y encogí los hombros. Así es más fácil. ¿Para qué voy a explicar? Nada cambia las cosas que las explique.
Me tiré en la cama. Me hundí en mí cama. No tengo ganas de estar despierta. Mí cerebro es un desfile de todas las veces que me reí con vos.
No quiero estar acá, no quiero acordarme de 'las cosas lindas' de esta forma tan lejana y ajena con la que recordamos las cosas que sabemos que ya no volveremos a vivir. No quiero volver a estar cerca tuyo haciendo como si nada cuando en realidad me pasa de todo y me tengo que morder la lengua. No quiero no volver a despertarme nunca más al lado tuyo, ni abrazarte, ni nada.
No quieria volver a casa, no quería que fuera real, proque en el momento en el que lo hiciera todo se volviería mucho más real de lo que hasta ese entonces era. No quería lidiar con ese nivel de realidad. Menos con este. No quiero despertarme mañana sabiendo que tampoco vas a estar acá, ni volverás a estarlo.

domingo, 15 de abril de 2018

Devolver*

Es raro, no nos tenemos que devolver nada. Siempre que algunas cosas se terminan se da esas situación bastante incómoda en la que uno se junta a "devolverse las cosas", y creo que no hay nada más incómodo. Tenemos que mirarnos las caras, cuando se supone que no nos veríamos más, saludarnos como si nada, como si no sintiera que de repente el cuerpo me pesa mil kilos más y no tuviera una pelota de enorme atragantada entre el pecho, la gargata y/o el esófago. Tengo que respirar honodo y hacerme la fuerte. Acá no pasó nada chicos. Eso es lo peor. No pasó nada. Ojalá hubiése pasado.
Tengo que ir a escuchar como me decís que no pase más nada de lo que en teoría no pasó. Tengo que ir a hacer como si nada, como si no hiciera un siglo que no puedo dormir de la incertudumbre y angustia que manejo porque no hay nada que me asesine más de apoco y más tortuosamente que no entender algo. 
No puedo pedir que me devuelvas nada, porque no tengo nada tuyo, y vos no tenés nada mío. Podría pedirte que me devuelvas el tiempo, las ganas, las cosas que no viví y me hubiera gustado vivir, las fotos de los lindos recuerdos que compartimos y de los que quería compartir con vos, de los que me hubiera encantado que estés ahí, pero no estuviste. Podría pedirte que me devuelvas las horas que pasé dandole mil vueltas a las mismas cosas tratando de entenderlas, o tratando de entenderte, porque a esta altura todavía sos un enigma. Todavía nunca se para dónde vas a disparar ni por qué. Todavía me quedo en el lugar recalculando tratando de entender algo de todo. Te cansaste de pedirme que no analice todo, pero hay cosas que son más fuerte que uno. Yo no puedo contra mi incanzables ganas de pensar y analizar todo, aunque a vos no te entienda, nunca te entienda.
Podría pedirte que me devuelvas la energía que gasté en todos los malos tragos que pasé cuando el desconcierto te molestó de más y traté de arreglarlo, o cada vez que terminé sintiendo que no hacía nada bien al redededor tuyo, y me mirabas de lejos con cierta molestia y decepción.
El problema de definirse es limitarse, y el problema de no limitarse es no poder defirnise por eso no tengo nada tuyo, ni vos nada mío. Por eso simplemente tengo que ir y sentarme a escuchar una despedida, como si no doliera, como si no importara, si al final nada fuimos, ni nada seremos. Nos esfumamos en el tiempo, nos borró el viento.
Ojalá te acuerdes de mí como yo de vos.

jueves, 12 de abril de 2018

Abismo

No hay nada peor ni más inquietante que caminar por la cornisa de la incertidumbre. Que rondar en esas pocas certezas que poseemos y empezar a armar hilos en la mente, sacar conclusiones, no tengan sentido y volver a empezar. Revolver la memoria, el cerebro, detalles, cosas que se nos escaparon, volver a empezar. Una, y otra, y otra y otra vez. Así hasta que de vuelta son las dos de la mañana y no me puedo dormir. ¿Qué me perdí? Vamos de nuevo. El tiempo se divide entre la velocidad con la que mi cabeza es capaz de armar y desarmar, o armar y reamar ideas, afirmaciones, conjeturas, y la lentitud agobiante con la que mi día se desarrolla. Tanto me agobia, me aplasta, me consume. He empezado a dormir cada vez menos horas y a aumentar mi consumo de café diario, incluso a veces me descubro perdida en tiempo y espacio, apurada por llegar  ningún lado.
Es que lo que no puede parar es el ritmo, ni la velocidad de mis pensamientos. Mi cuerpo se ha visto preso de todo estoy y simplemente se reduce a llevar a cabo procesos ya conocidos.  Me despierto, y me quedo mirando el techo pensando por qué otra vez no dormí, y lo mucho que me gustaría poder quedarme en la cama a ver si las cosas tienen más sentido. Me levanto, voy a la facultad. Me siento. Tomo apuntes. Bajo al subsuelo, me compro un café. Vuelvo al aula y tomo apuntes. Se termina la clase. Me quedo haciendo  las entregas. Vuelvo a casa. Me ducho y me quedo bajo el agua como perdida, suelo no recordar cómo fue que llegué ahí. Me tiro en la cama, y para ese entonces ya tengo los ojos demasiado abiertos y la cabeza demasiado cargada como para poder cerrarlos y descansar. Se hacen las dos de la mañana, y finalmente me doy tregua y duermo. A las cinco y media vuelve sonar el despertador y me pregunto por qué otra vez no dormí.
Entre la rutina y qué tanto de  todo puedo pensar se me va el día, y llego cansada pero demasiado abrumada como para poder hacer silencio y dormir.
Así es la incertidumbre. Te consume. El no saber, el no entender que se te mete en el cuerpo como de a poco, primero no te preocupa tanto y después cuando te quisiste dar cuenta, hace días que es lo único que sos capaz de pensar, y que ya le diste tantas vueltas y que cada vez tiene menos sentido.
Así es la incertidumbre, como caminar continuamente al borde del abismo, o me caigo y me hago mierda contra el suelo, contra mis dudas, mis miedos y las realidades que no quiero vivir, o me corro del borde y me alejo de todo eso que me hace mal y elijo creer que al final todo va a salir bien. El problema es ¿qué es bien?, y ahí está otra vez el abismo, la incertidumbre, ¿Y si me caigo? ¿cuánto dolor podré tolerar?, porque si me vas a empujar, empujame ahora. Cuantas más horas, días, semanas, meses pasen, más lejos está el suelo, y más fuerte va a ser el impacto.
Así es la incertidumbre. Va en subida. No para. No frena. No espera. Tortura. Ya puedo sentir el abismo.