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sábado, 24 de junio de 2017

Hoy igual que todos los días espere que llames. Esperaba que sonara el teléfono con tu nombre en la pantalla y después de hacerme desear un poco, responderte. Esperaba que del otro lado me encontrará con tu voz disculpándose por no haber llamado antes, que te excusaras con que habías estado ocupado o alguna cosa así.  No importa con que, con tal de que llamaras y aseguraras que ibas a venir esta tarde.
Aunque el teléfono no sonó, yo esperé igual, y cociné esas cosas que tanto te gustaban a vos y pensé que tal vez preferirías no llamar y aparecer en mí puerta para que merendemos juntos, y nos olvidemos de todo esto un rato y disfrutar de la compañía del otro.
Preparé todo para la hora del té.
A las siete y media, supe que no ibas a venir, y con tristeza y pesadez levanté la mesa y miré el teléfono decepcionada, buscando mensajes que nunca llegaron y se que no van a llegar.
Ni te diste por aludido.
Seguí esperando. A veces me pregunto que tan estúpido es esperarte, que tan inútil es extrañarte. A veces me da miedo descubrir que yo sola extraño, que yo sola espero y que vos te hayas sacado un peso de encima.

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