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domingo, 3 de abril de 2016

El pasado que ya no duele

Sin penas ni glorias pasaron los últimos días, un poco aburridos y con cierta pereza, se arrastraron al final del fin de semana. A pesar de tener cosas que hacer, transcurrieron especialmente lento, como si no tuvieran fin.
Me puse a reflexionar sobre esta nueva forma particular de correr los días, de esto “nuevo” que ya no tiene tanto de nuevo pero sigo sin terminar de acostumbrarme.
Hace apenas tres días concluyó el más raro de mis años de vida, en el que pasaron tantas cosas que me cuesta muchísimo creer que todo esto haya cabido en 365 días. Hace tres días terminó “el año de mis vente años “ y sigo sin poder creerlo.
Hace un año  mi vida era completamente diferente, hace siete meses no sabía ni dónde estaba parada, hace cinco, creía que la “hecatombe”  en la que me estaba hundiendo no tendría un fin y que la paz se escapaba de mis dedos como agua, y que no sería nunca más que un anhelo, una utopía. Hace tres meses comprendí que este, era mi nuevo comienzo, la nueva oportunidad que sin saber estaba esperando, y entre el barullo y una noche profunda recordé que la felicidad no era algo mecánico que se encontraba no sabía bien en qué sino más bien una sensación de magnitudes descomunales que no me cabía en el cuerpo. Y todo, todo eso, pasó en un año.
En un año reí, lloré, me caí, me levanté, me peleé, me amigué, conocí gente, me fui de viaje con mi familia y amigos, volví a ese lugar que me da paz, me reencontré, sobre todo, crecí. A las piñas, como siempre, pero crecí. Entre gritos y risas, cicatrices y heridas, hoy puedo mirar atrás.
Hoy ese pasado es el pasado que no me duele. El pasado que puedo recordar sin llorar, sin avergonzarme, sin que desee volver a empezar y borrarlo de mi.
Al pasado que ya no duele, puedo mirarlo con medias sonrisas, sin lágrimas, de lejos. Como cuando encontrás una foto vieja, y parece que la sonrisa es tan grande que la cara no te alcanza pero no te acordás ni por qué ni con quién estabas.
Creo que llegó ese momento en el que me dejé de preguntarme si realmente fui feliz por todo lo que sufrí y lloré después. Hoy, del pasado que ya no duele, elijo creer recordarme feliz, o al menos contenta, y que ya no puedo cambiar ni volver a hacer todas las cosa que volvería a hacer,  y que no es más que una foto vieja, que eventualmente alguna vez te volvés encontrar entre cajas y libros viejos, y no es más que eso. Una foto. Un recuerdo.
De mi pasado que ya no me duele, reconozco que aprendí, y que si nada de todo eso no me hubiera pasado, probablemente hoy no estaría en el punto en el que hoy estoy, del que no me puedo hallar más feliz, y creo que eso es lo más importante.
Los últimos apuntes que leí hoy para la facultad hacían un gran hincapié en este tema, la importancia de saber recordar el pasado, como punto de partida al futuro, en no prolongar el pasado para poder crear nuestro futuro, hoy.

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