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lunes, 15 de abril de 2013

A EME A (2)

Buenos días!  Les traigo noticias, he aquí la continuación de lo que les presenté el otro día. 
Para leerlo todo completo hasta lo último que escribí ACÁ
Para leer la primera parte ACÁ
Desde ya muchas gracias a todos los que leen.
Atte. Ju Fernández


(...) Tal vez un día, despiertes y no puedas mover tus piernas.  Tal vez, te desmayes. Sólo lo hacen para recordarte que son las dueñas nuestras.
Mi cabeza no para de dar vueltas igual que todas las mañanas. Me siento y espero recobrar el equilibrio. Me pongo la ropa que preparé la noche anterior para ir a la facultad, y camino con desgano hasta la cocina. Hace años que hago lo mismo, calieto poco agua, y pongo un saquito de té en una taza que tiene un dedo de agua caliente. Hago una o dos tostadas, y las dejo sobre la mesa, con el pan de manteca al lado. Tiro, el saquito. Dejo todo ahí.  No como nada.
Voy hasta el  baño, miro mi reflejo. Unas ojeras negras, horribles, pero se soluciona fácil. Miro mi rostro. Horrible rostro. Me sobra tanta carne de rodos lados.  Me saco la remera, y con el centímetro que está en el cajoncito del mueble, me mido la cintura. Cincuenta y ocho centímetros. Me doy asco. Chasqueo la lengua. Hace rato que no puedo hacer bajar esa cifra. Estoy tan repugnantemente gorda. Probablemente, sino presento avances, en A EME A, me van a preguntar si estoy haciedo las cosas bien. Juro que si. Puedo estar hasta diez días sin comer, absolutamente nada. Mi dieta es a base de agua, chicles y cigarrillos. El truco de todos nosotros.  Alguna que otra vez como una fruta, una o dos veces por semana. Más no. Un cuadrado de queso, o un vaso de leche, y  un pedaso mínimo de carne, pero  es una vez por semana, más no, nunca. Hay que mantenerse con vida para rendirles culto, pero no abusar.
Las únicas veces que podemos ingerir comida, es cuando debemos asistir a algún evento. Entonces, ahí rendiremos culto a Mía, yendo al baño y haciendo que nuestro repugnante cuerpo expulse todo lo que ingerimos.
Alisa, es la más difícil de complacer, odia la comida, sobre todo la chatarra, la basura. Todas las porquerías que se venden. Incluso ahora, hasta los vegetales en las verdulerías barriales son tóxicos.
Se que son diosas un tanto difíciles de complacer, pero, yo me juré amarlas. Eso haré hasta el final de mis días. Aún cuando ellas, decidan robarmelos.  Por no haber cumplido mi deber.
Una vez que termino de prepararme, salgo de casa, con el bolso al hombro.  Camino las cuatro cuadras que me separan de la estación de tren. Tengo que tomarme el tren de las seis y media de la mañana para poder llegar a tiempo a la facultad, que está un poco lejos de casa.  El tren está atestado de gente. Van unos pegados a otros. A penas alcanza el aire para respirar. Viajamos como ganado. No entramos.  La gente se queja y protesta, como si uno eligiera viajar pegado al otro.  Odio viajar a la mañana en tren. Siempre están todos de mal humor, me enferman. Son los cincuenta minutos más aburridos de mi vida. Lo bueno es, que hoy es viernes, y a las doce del mediodía ya estoy libre para arrancar mi fin de semana. Hoy, es la fiesta privada de los de  A EME A, la  semestral. Es sumamente exclusiva, solo vamos quienes pertenecemos, y aún cuando parezca loco, somos muchos más de los que creen.
Llego a constitución y me muevo con el malón de gente, caminamos todos en manada, y la mayoría corre escaleras abajo, para entrar al subte. Ahora que hay más espacio se pelean todos más que antes, resongan. Me hartan. Siempre hago lo mismo, desconecto mi cerebro en esta parte del día para no soportar la estupidez humana que tanto me molesta. Recién cuando el profesor entra al aula, ya en la facultad, vuelvo a tomar conciencia del mundo, siempre, hasta que llego a ese punto, mi conciencia huye para no horrorizarse con todo estos despreciables con los que comparto el tiempo y espacio. Todos me dan asco. A todos les sobra tanta carne, a algunos les cuelga por los costados. Sí Ana, Mía o Alisa los vieran, yo se que vomitarían, o los torturarían hasta la muerte, cosa que me parece mejor. No tienen derecho a  vivir siendo tan despreciables.  Yo se que aún no soy nada ‘’agradable’’ a la vista de ellas, pero, llevo cinco años de mi vida viviendo por ellas. Saben que hago mi mejor esfuerzo.


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