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lunes, 17 de septiembre de 2012

3. Viudas de santo domingo.


 De apoco, fuimos enloqueciendo todos un poco, aún cuando no lo quisimos ver y nos habíamos atado a la cordura como si no hubiera un mañana, ahí estabamos sujetos a la nada misma, cayendonos al abismo. Ya no había nada por lo que permanecer cuerdo, y sin embargo volverse loco no era un lujo que todos nos podíamos dar. Yo sí, sabía que si terminaba de desquiciarme iban a esconderme en algún oscuro rincón del enorme departamento que tenían mis viejos en  recoleta y cada vez que alguien  preguntara por mi contestarían que estaba de viaje en algún exótico lugar, y cambiarían en seguida de tema.
Con mis tías pasamos largas tardes imaginado qué podíamos hacer por desaparecer del mundo y a la vez permanecer en el. Adrián se cansó rápido de escucharnos, y antes de que nos dieramos cuenta, un día completamente fuera de sí nos dijo que dejemos de habar boludeces, que ya estabamos grandes que si seguíamos juntando para hablar de esas cosas, él jamás volvería a abrirnos las puertas de su casa. Todas nos callamos. Me sentí cohibida, incomoda. A los cinco minutos me encontré caminando a la estación para volver a casa. Jamás entendí porque nunca fui capaz de ir en auto a lo de Adrián o a lo de mis tías, siendo que hacía  tres años que tenía auto propio y registro, siempre fui y vine en tren y colectivo. De hecho, después de que a los once aprendí a viajar sola, dejé de permitirle a mamá que me alcanzara a unas cuadras de sus casas. Ella no se molesto. Tampoco le gustaba ir.
Era una de esas tardes de primavera en las que hace calor y llueve más no poder. Se había cortado la luz para variar y como siempre rogábamos que no se inundara la casa y que lo que llovía adentro no fuera suficiente para dar comienzo a una inundación, cada media hora y menos también cambíabamos los tachitos donde acumulábamos el agua que entraba de las goteras.
Sonó el teléfono. Adrián dormía. Estabamos Olga, Ema y yo en la cocina. Nos miramos. Olga se levantó y atendió. Hablo no más de dos minutos, y colgó.
_Era la prima Yolanda.
_Yolanda? - pregunté, teníamos muchos familiares y conocía menos de la mitad.
_Si, la hija de Estela.
_Qué quería?- Preguntó Ema desganada. Hasta donde sabía no se llevaban muy bien con ese lado, pero no sabía bien porque.
_Tenemos un funeral.
Adrián desde la otra punta de la habitación apareció con cara de dormido y la almohada marcada todavía en su rostro lleno de arrugas, y unas ojeras que parecía que jamás se iban a borrar. Preguntó irónico:
_Qué divertido. ¿De quién?
_Falleció Estela. La velan esta noche, allá en castelar. ¿Vos venis nena?
_No la conocía.
_Olga, ¿no la conocia?
_Bah, que dice pavadas, si la conocias, o no Adrián?
_ Sí les digo les miento. La habrá visto una o dos veces, pero Belena todavía era chica.. Tenía como mucho cinco años.. No creo que la conozca o que se acuerde.
_¿Era vieja?
_Viejos son los trapos nena- Olga
Me encongí de hombros. Mucha de mi ropa la guardaba en la casa de Ema, por obvias razones, pasaba más tiempo ahí que en mi casa. Así que nos cambiamos y partimos para Castelar, al velorio de una tía que nadie sabía bien si yo había conocido o no. 

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