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martes, 7 de octubre de 2014

Promesas de cristal

Me daban pena muchas cosas ultimamente, pero sobre todo las que más pena me daban eran las que estaban realacionadas con él. No sólo me daban pena, me causaban un dolor desgarrador, la mayoría de las veces .Ahí entendí que realmente lo más doloroso que una persona puede experimentar es ver sufrir a una persona que ama, verla sufrir y no poder hacer más que abrazarla y prometer en vano que todo va a estar bien. Aún sabiendo que lo más probable es que no lo estén.
Es más fácil para uno hacer promesas estúpidas porque así no nos sentimos tan mal ante la inevitable impotencia. Impotencia, eso era lo que más me definía en el último mes, porque nada había podido hacer cuando vi como su vida lentamente se desmoronaba, cuando pensé y le prometí que tal vez la próxima semana las cosas estarían mejor, pero eso no sirvió de nada. No sirvió de nada cuando la casa se llenó de gritos, de odio, de lágrimas y destrucción. No sirvió de nada, cuando ella con la prepotencia de siempre, tan convencida de ser y saber tantas cosas, de saberse con la fuerza de mi hombres, decidió extirparle la felicidad, y echarlo fuera. Se me partió el alma, cuando escuché su voz, del otro lado del teléfono tan llena de odio, tan cargada de ganas de llorar, y lloré por él. Abrazada a mi hermano preguntandole por qué pasaba esto, pero mi hermano no supo que contestar más que un abrazo fuerte y lágrimas juntos, y esa vez, no hubo promesas que no se cumplirían.
Me partió el alma cuando ella inventó tantas mentiras, cuando él defendió sus verdades, y nadie quiso escuchar, y me mató la pena, porque se encontró solo, tan solo que no tenía donde caerse muerto, y yo estaba tan lejos, que se sintió como si las cosas ocurrieran en dos realidades distintas. La impotencia una vez más me consumió y el odio se tragó mi alma roto en pedazos por tantas otras cosas.
Me moría de pena cada vez que lo veía mirar por la ventana en dirección a lo que alguna vez fue su casa, y lo veía con los ojos tan tristes, que la habitación perdía color por completo, y su añoranza de volver se convertía en mía, porque extrañaba más que nada esa sonrisa tan suya que le llegaba al os ojos, y ahora solo veía en recuerdos difusos, sueños olvidados.
Lo que más me dolió fue esa noche, cuando cerca de las tres de la mañana me contó lo que había hablado con su abuela, y quise llorar mil años, porque a veces las excusas que ponemos para cuidar a los que queremos son tan bellas, tan perfectas, que parecen de cristal. Un cristal tan fino, que en un instante se puede romper, y yo me rompí como se rompe el cristal delgado, y reluciente.
Me rompí porque quería creer tanto como él, que ella no era mala, que su comportamiento se debía a un defecto biológico, pero sabía que no era cierto. Y lloré porque mi bola de cristal no era tan sólida como la suya, y la mía si se rompió, mientras él, durmió feliz creyendo esas promesas que a veces le hacemos a quienes amamos, en vano, o no para apasiguar un dolor mortal.

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