Alan era eso, la reducción de un extenso universo a un, nosotros dos. Nosotros, y el mundo. Nada más. En el mismo instante en el que su piel entraba en contacto con la mía, y mi conciencia, parecía huír, porque jamás pudimos encontrarnos mejor que en esta extraña inconciencia. Yo soy de esas personas que no saben describir el amor, mucho menos, cuando lo sienten, pero aún así sabía que era esto en realidad. Me estaba enamorando, sí, de él que era un misterio. De él, que era todo, cuando yo, me sentía nada.
Hubo un momento de mi vida que no podía pensarme sin escribir en ningún lado. Hubo un momento en el que este fue mi refugio y yo simplemente escribía para sacarme de encima todo eso que no podía tener más adentro. Si bien me encanta que las personas quieran leer lo que escribo, no es lo que más me gusta que alguien me cuente que encontró este espacio. Acá es donde vengo a esconderme cuando la vida me pesa, cuando todo es un montón, cuando ya no sé que hacer; entonces escribo. Escribir ha sido históricamente mi cable a tierra. Escribir ha sido ese lugar donde me refugio del mundo. Me gusta que este espacio sea donde tiro botellas al mar. No espero que nadie las encuentre, tampoco que las lea, simplemente escribo para no sentirme, la mayoría de las veces, tan miserable como hoy. Hoy estoy sentada en la cocina, aguantando las lágrimas (no sé por qué si estoy sola) porque en un abrir y cerrar de ojos la vida se ha vuelto excesivamente compleja. Recuerdo la vez que un ex me dijo que yo...
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