No me creiste cuando te dije que mi sonido favorito en la tierra era escucharte reír a vos, como tirabas la cabeza para un costado y los ojos se te cerraban.
No me creiste porque no tenías ni idea la cantidad de veces que me había detenido a admirar ese espectáculo, ni cuántas veces había calculado qué decir para verlo ocurrir delante de mis ojos. Cómo tu cuerpo se contraía, la sonrisa amplia se te estampada en la cara y tu carcajada terminaba de trepar por la garganta saliéndote disparada la boca.
Pero no, no te podías imaginar nada de eso, porque nunca te habías visto sonreír de esa manera tan mágica de la que había sido testigo y tantas veces me deslumbró.
Hubo un momento de mi vida que no podía pensarme sin escribir en ningún lado. Hubo un momento en el que este fue mi refugio y yo simplemente escribía para sacarme de encima todo eso que no podía tener más adentro. Si bien me encanta que las personas quieran leer lo que escribo, no es lo que más me gusta que alguien me cuente que encontró este espacio. Acá es donde vengo a esconderme cuando la vida me pesa, cuando todo es un montón, cuando ya no sé que hacer; entonces escribo. Escribir ha sido históricamente mi cable a tierra. Escribir ha sido ese lugar donde me refugio del mundo. Me gusta que este espacio sea donde tiro botellas al mar. No espero que nadie las encuentre, tampoco que las lea, simplemente escribo para no sentirme, la mayoría de las veces, tan miserable como hoy. Hoy estoy sentada en la cocina, aguantando las lágrimas (no sé por qué si estoy sola) porque en un abrir y cerrar de ojos la vida se ha vuelto excesivamente compleja. Recuerdo la vez que un ex me dijo que yo...
Comentarios
Publicar un comentario