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viernes, 14 de septiembre de 2012

Las viudas de Santo Domingo * (2)


Ya era tarde, pero como era verano, nos nos ibamos todavía cada una a su casa. Adrían vivía ahí, y no tenía problema en tenernos ahí todas las horas que nosotras querramos pasar ahí dentro.
Yo venía cansada de hacer unos trámites de la facultad y con la cabeza a mil por hora. Me había peleado con el que era mi novio. Estaba con otra. Nos habíamos puesto de novios cuando yo tenía dieciséis, ibamos cuatro años y la mitad de la relación se la paso engañandome con otras que preferí no saber sus nombres. Me sentía estúpida y abruamada. A veces, creía que lo de mis tías y mi mamá era una maldición,  la suerte de mis primos también por ende, de rebote a mi también me caía.
No tenía ganas de lebantarme ir a casa y aceptar que estaba rendida. Aceptar que no podía cambiar lo que venía predestinado para nosotros.
Mantenía fija la vista en la mesa.
Olga no habló en toda la tarde. Ya harta de que yo permanecía en mi propio mundo abrió la boca sólo para retarme.
_Deja de amargarte nena… vos no tenes nada perdido. Recién tenés veinte años, sos joven.
_ y bonita- agregó Ema
_encima inteligente- remató Ester mientras que María asentía. Olga prosiguió:
_ El tipo ese, es un tarado.. no vale la pena.
_Ninguno vale la pena- María tenía siempre esos remates.
_Pero che! No le arruinen las esperanzas a la chica que es todavía le falta mucho por vivir..
_Pero, tienen razón Adrián, ellas lo saben mejor que yo.
_No, no saben, y vos Belena dejá de amargargue, mejor que te deshiciste del salame ese. No perdes nada, claramete no valía la pena. Cambiemos de tema, sino termina mal esto..¿Se quedan a cenar?.
Yo no me quería quedar, pero todos incistieron. El problema era que ellos vivían cerca del barrio, yo no. Tenía cerca de una hora de viaje hasta mi casa. Me quedé con ellos, y se nos hizo la madrugada pronto. Cuando era así sólo ester y maría se iban a sus respectivas casas.  Olga vivía con Adrián hacía dos años, para hacerle compañía  y Ema vivía en la casa de atrás, así que era como si viviera con ellos dos. Cuando me quedaba hasta tan tarde me iba a lo de Ema a dormir. Tirabamos un colchón en el living y dormía ahí, hasta que el sol de la mañana me molestara lo suficiente como para lebantarme cambiarme e irme.
Vivir así tenía sus consecuencias. Entre peleas familiares constantes, gritos discusiones. No paraban. En mi casa, mamá no paraba de llorar y gritar. Como no quería vivir conciente sabiendo que su marido la engañaba con cualquiera en algún país de Europa, sumergía sus penas en alcohol y se volvía pequeña en algún rincón de ese departamento fantasma.
Mis tías aunque no lo dijeran, sus historias personales también las afectaban, pero siempre preferimos reirnos.

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