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lunes, 17 de septiembre de 2012

6. Las viudas de santo domigo


A Adrián le encantaba manejar de noche. No se bien porque. Cuando era chiquita, me contaba historias en las que decía que cuando uno manejaba por ciertas calles de buenos aires por las noches, podía viajar en el tiempo. Siempre tuvo ese ingenio sorprendente para sus historias, y yo que permanecía todavía en la feliz infancia me lo comía con los ojos cada vez que me contaba esas historias. Un día dejo de contarlas, y al siguiente, yo dejé de pedirle que me las cuente. Cuando me quise dar cuenta, ya mis primos se habían ido lejos. Mis tías estaban deprimidas y se juntaban para reírse de si mismas, y yo, tomé un lugar en la mesa. Sólo escuchaba, y después también empecé a opinar, pero no tenía mucho que contar.
Así se nos escurrió el tiempo entre los dedos, y a veces pienso que la casa esa tiene algo raro, nos hizo a todos refugiarnos ahí. A todos no. A los que quedamo, pero parecía sólo haber dos opciones. O te quedabas ahí o te marchabas para no volver nunca más, pero lejos o cerca de ella tu suerte no iba a ser muy distinta.
Miré a Adrián, tenía más de ochenta años y a veces, parecía más joven que yo. Me reí para mis adentros. No hablaba él. Era le primera vez en años que me quedaba sola con él, y siempre había esperado este momento.
_Adrián..-corté el silencio. Él me hizo un gesto con la cabeza para indicarme que me estaba prestando atención.- Por qué mis tías te dicen papá pero yo no soy tu nieta?.
De repente frenó el auto. Me miro un instante. 

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