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viernes, 6 de julio de 2012

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Era una de esas noches largas de invierno. En las que sabiamos que probablemente no dormiriamos. Caminabamos pura y exclusivamente por inercia, y nos dolían hasta los huesos. Ya no sabiamos como ni donde estabamos, lo único de lo que eramos concientes era que todavía para el amanecer faltaban incansables horas, la noche sobre buenos aires podía ser inmortal.
Caimos al piso debastadas, y entre risas, nos quejamos de que nos dolieron las rodillas. Ellos con esa sonrisa maldita nos admiriaban, admiraban nuestro estado, y nosotras nos reiamos de eso, mientras nos sentiamos en el máximo esplendor de nuestra nefasta y desperdiciada adolescencia cargada de estupefacientes. Seguimos, como pudimos. Alan estaba enojado conmigo, pero ya no me importaba, yo quería seguir mi camino, y llegar a mi destino. Queria seguir empujandome hacia el extremo, ahogarme en mi propio infierno.

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